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Moreno Leal y Patriota.

Moreno Leal y Patriota.

viernes, 22 de agosto de 2014

Otro Massaso en el dedo


Bajo el título “La oposición buscará emitir dictamen para derogar la ley antiterrorista”, el lunes pasado Infobae nos regala un inconmensurable cúmulo de incongruencias emitidas por las eminencias grises del campo anti-K.



Todo viene a cuenta porque que la Presidenta de la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados, Patricia Bullrich, impulsa la derogación de esa Ley, de la que mucho se ha hablado, pero que es poco más que un agravante genérico (duplicación del mínimo y del máximo de pena) para cualquier delito previsto en el Código Penal cuando se cometa con el dolo específico de “de aterrorizar a la población u obligar a las autoridades públicas nacionales o gobiernos extranjeros o agentes de una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo” (el único agregado al catálogo de delitos existentes, es el que incrimina distintas formas de lavado de dinero, con fines de financiamiento de actividades o agrupamientos terroristas). Se le ha atribuido infundadamente a la norma la intencionalidad política de penalizar la protesta social, lo cierto es que  nunca se ha aplicado en tal sentido, básicamente porque es una norma dependiente de interpretación judicial (no administrativa o policial), pero sobre todo porque la misma ley establece (entiendo que de manera sobre abundante, pero para despejar cualquier duda) que “las agravantes previstas en este artículo no se aplicarán cuando el o los hechos de que se traten tuvieren lugar en ocasión del ejercicio de derechos humanos y/o sociales o de cualquier otro derecho constitucional.”  

Contra todos los arbitrarios pronósticos, la primer amenaza de aplicación de la ley Antiterrorista que hace el gobierno, fue dirigida a castigar la quiebra fraudulenta instada por la Imprenta Donnelley, parcialmente propiedad de Fondos Buitres que litigan contra Argentina, bajo la sospecha que de ese procedimiento estaba enderezado a producir malestar social y desestabilización político-económica, con el fin de crear zozobra y desconfianza en los mercados artificialmente. La maniobra pretendería inducir a pensar que la quiebra fue una consecuencia del supuesto default impulsado por Griesa, al negarse el país a cumplir una sentencia, amén de contraria al derecho internacional público, de cumplimiento imposible. De ser esta intencionalidad demostrada judicialmente, las penas previstas a los responsables de perpetrar el delito penal de “quiebra fraudulenta” se duplicarían por tener la finalidad de “aterrorizar a la población” y de “obligar a las autoridades públicas nacionales…  a realizar un acto” (pagar lo impagable).

Sin embargo, queda claro en el artículo que esa intención que se le endilga al kirchnerismo, está latente en la mente de algún presidenciable opositor, dando razón al temor expresado en su momento (2011) por Hebe de Bonafini: “También hablamos (con Cristina) de la preocupación que teníamos sobre la Ley Antiterrorista, porque yo le dije, ustedes no van a aplicar pero puede ser que vengan otros y la apliquen”

Y no fue otro que el aspirante a la Primera Magistratura Sergio Massa quien primero se anotó para integrar la lista de “otros” a la que aludió Hebe: “El líder del Frente Renovador, Sergio Massa, consideró que el Gobierno utiliza la ley ‘de forma muy negativa’ y sentenció: ‘Cuando uno utiliza un martillo para clavar un clavo lo está utilizando para lo que corresponde, cuando utiliza el martillo para partir una cabeza lo está utilizando para lo que no corresponde’" se puede leer textualmente en la nota que da pie a este post. En otros términos, y contextualizando, si la ley hubiese sido desvirtuada para perseguir la protesta social o laboral como si fuera un acto terrorista, para Massa hubiese sido correcto; pero como amenazó ser aplicada a empresarios de los que se sospecha actúan “in fraudem legis” para extorsionar al gobierno, intentando obligarlo a cumplir la inquina sentencia de Griesa a favor de los fondos buitres,  es una incorrecta aplicación que merece motorizar su derogación.

Esta película ya la vimos. En el año 1974 el Congreso Nacional sancionó la L. 20.840, en sus arts. 6º a 9º, se prevén delitos denominados “de subversión económica”. Durante la Dictadura se hizo uso y abuso de tales disposiciones, argumentando el propósito de destruir el financiamiento de actividades de “organizaciones subversivas”.

Durante la crisis de 2001, los banqueros, sin tapujos ni pudor, perpetraron prolija y repetidamente todas y cada una de las conductas previstas como típicas de actos de subversión económica por esa ley. Incluso, en medio del desmadre, hubo jueces que iniciaron investigaciones, procesaron e incluso encarcelaron a algunos de estos delincuentes de guante blanco. Todo terminó como debía terminar en un país donde la ley más que ciega es tuerta y jugaba  siempre como instrumento de persecución del débil y protección del poderoso. El entuerto fue zanjado en la sesión parlamentaria del día 20 de junio de 2002, derogándose las normas “conflictivas” y garantizando la impunidad de quienes vaciaron los bancos, estafaron a millones de ahorristas y hundieran las economías y las expectativas de todos los argentinos.

Según la nota que nos ocupa, encabezados por la impetuosa diputada Bullrich, secundada por Massa y Macri; Mario Negri (UCR), Margarita Stolbizer, Victoria Donda (FAUNEN); Luis Petri, Oscar Aguad, Manuel Garrido, María Gabriela Burgos, María Soledad Carrizo (UCR); Pablo Javkin (CC ARI); Ivana Bianchi (Compromiso Federal); Nicolás del Caño (Frente de Izquierda); Eduardo Cáceres (Unión Pro); Oscar Martínez, Gilberto Alegre (Frente Renovador), están dispuestos a repetir la escena, para solaz de aquellos piratas del mercado y sus secuaces lenguaraces que pretenden siga vigente lo que payaba “El Moreno”:

La ley es tela de araña
en mi inorancia lo esplico:
no la tema el hombre rico;
nunca la tema el que mande;
pues la ruempe el bicho grande
y sólo enrieda a los chicos.

Es la ley como la lluvia:
nunca puede ser pareja;
el que la aguanta se queja,
pero el asunto es sencillo:
la ley es como el cuchillo,
no ofende a quien lo maneja.




NOTA: Las noticias indican que “el gobierno dio marcha atrás con la aplicación de la Ley Antiterrorista a Donnelley”, fundándose en una intervención de Alejandro Vanolli (CNV). Independientemente de los términos de la denuncia que efectúe el PEN, la aplicación o no de la LA y el encuadre de los hechos en algún tipo penal, corresponde al juez interviniente. La aplicación de la LA  en el caso dependerá entonces de si se demuestra o no el “dolo específico” que exige la misma en la comisión de cualquier delito, y no de la voluntad del gobierno. 


domingo, 10 de agosto de 2014

Famoseo, colonoscopias y guidosullerización de la intelectualidad.


El término “Famoseo” es un neologismo, un peyorativo poco habitual por estas tierras, es más común en España y asociado indefectiblemente con la farándula y al manoseo que de “los famosos” practican por personajes “mediáticos” en esos shows diseñados para el intrascendente (y barato) vedetismo de ocasión.


Su importación a título de aparente originalidad y la utilización con una acepción impropia en boca del pretendido intelectual argentino Martín Caparrós, sumido en ese artificial aire de distante suficiencia con el que gusta impostar, resulta más apropiado para caracterizar a su propalador, que a la situación a la que hacía referencia con su empleo. Actuaba molesto del “famoseo” que, en su inmodesta comprensión, rodeaba a la recuperación del Nieto de Estela de Carlotto. No es más importante que la aparición de los anteriores 113, aseveró criticando la amplia difusión, la repercusión y la algarabía que rodeaba el acontecimiento.  

Indudablemente, el falsete ideológico que sobreactuó el calvo autor de “El Hambre” (su último ensayo inspirado en una colonoscopía que le praticaran) en una maratón mediática, no apuntó en la dirección del simplismo humano de comprender que en cada caso particular de aparición, para cada familia afectada, ese hecho fue el más importante de todos los acaecidos en el proceso histórico de recuperación de identidad de los hijos de desaparecidos apropiados durante la dictadura. En cambio sí sonó a ninguneo.

Caparrós no es un simplote. Probablemente sea un minusválido moral, pero tal condición no inhabilita su comprensión de los procesos colectivos, ni de la asunción de liderazgos. Al contrario, entiende muy bien que Estela de Carlotto no es una luchadora más, sino que su perseverancia, su compromiso, su alta exposición la transformaron en un ícono reconocible dentro de la lucha, en una artífice protagónica en el tejido de solidaridades que movilizó a miles tras un objetivo, asumiéndolo en mayor o menor medida como propio. Al menos es así para quienes entendemos (erróneamente o no) que los liderazgos son vitales para el éxito de una causa. Seguramente, ese conjunto coincida con aquel otro integrado por los que empezábamos a temer que Estela corriera la misma suerte que tantas otras abuelas que partieron a reencontrarse con sus hijos, sin poder abrazar antes a sus nietos. Hubiese sido una maldita injusticia, no sólo por su alcance personal, sino como otro mal ejemplo tantas veces reiterado con los constructores de utopías: estar condenados a no verlas realizadas, a no gozar de ese merecido sentimiento egoísta de disfrutar personalmente de su concreción.  

Decía más arriba que el “famoseo” es una expresión española vinculada menos al cholulismo (al que aparece aludir Caparrós) que al papel que desempeñan aquellos que nosotros denominamos “mediáticos”, gozando de quince minutos de fama a costillas de otros que se ganaron por mérito propio una popularidad real. Por eso me permitía arriesgar que el uso del término hablaba más de Caparrós, que de la situación que pretendía analizar. Ha de ser muy feo pretender presentar un libro basado en la propia experiencia (la colonoscopía)  en medio de un clima festivo protagonizado por el reciente logro personal de un referente indiscutida de las luchas populares. Pobre Caparrós, en tales condiciones, el único recurso que la tiranía mediática le permitió utilizar para darle cierto brillo a su aparición autorreferencial, fue el de rebajarse a jugar el rol de un Guido Suller de la intelectualidad, y así también logró colar el anuncio de su miserabilidad decadente.  





miércoles, 30 de julio de 2014

Sos un antisemita, sabelo.


Y ningún argumento servirá para contradecirlo...

Si las partes sobre las que versara la reflexión fueran, supongamos, los Estados Unidos y Granada, o la Triple Alianza y Paraguay,  o el Imperio Otomano y los armenios, en cualquiera de estos casos emergería fácil el repudio. La balanza se inclinaría sin dudas ni atenuantes a favor del más débil, del que soporta la agresión, del que sufre la masacre en su territorio invadido. Se volcarían sin pudor las condenas y no existiría ninguna obligación de dar razón ni excusas por la parcialidad.     

Sin embargo, cuando en el debate aparecen el Estado de Israel y el Pueblo Palestino (sin Estado), a pesar de la notoria asimetría de fuerzas, la cuestión se dificulta. Sin dudas esto es la prueba más contundente de que el “Escudo de Acero” más eficaz con que cuenta el primer protagonista, consiste en cosificar a cualquier crítico de sus políticas, fulminándolo con la calificación de antisemita, y enrostrarle una genérica responsabilidad en su trágica historia o (peor) en un hipotético futuro que la reedite.  
  



Un escudo ideológico trabajosamente construido desde que quedara en evidencia que David había dejado de serlo, para transformarse en la filial de Goliat en el Medio Oriente, como quedara explicitado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en todo conflicto bélico o retorsión militar que la sucedieron. La evidencia del poderío militar incomparable en la región, la autosuficiencia defensiva y la permanentemente amenazante capacidad ofensiva del Estado de Israel, tuvieron el efecto de empezar a desvanecer el sentimiento de culpa que (con justicia) se  instaló en los pueblos de occidente, producto de la irresponsable despreocupación (cuanto menos) con que actuaron (o se abstuvieron de hacerlo) mientras el régimen nazi enderezaba sus acciones al exterminio del pueblo judío. Y no me refiero sólo a la ausencia o debilidad de condenas, sino también al retaceo de colaboración a la hora de colaborar con aquellos que intentaban escapar a la condena a muerte masivamente impuesta (1).      

Hace un mes, escuchaba a Eduardo Jozami disertar sobre las variadas formas “politización de la memoria”, hacía referencia al caso argentino, y lo comparaba con los procesos españoles y judío (entre otros). Respecto a este último señalaba que la centralidad de la rememoración, durante las primeras décadas de post guerra, radicó en la heroicidad de la resistencia en el Gheto de Varsovia. Luego, afirma Jozami, se inclinó el eje hacia la trascendencia del Genocidio, de la Shoá. A la vista de los recientes acontecimientos, sería fácil establecer un paralelismo entre la situación sufrida por los judíos del Gheto y la actual de la Franja de Gaza, por lo que cualquier mal dispuesto podría creer en la inconveniencia de mantener demasiado vívido ese retazo de la memoria.
En respaldo de aquella afirmación encontramos que en 1978 es establecida por Jimmy Carter la “Comisión Presidencial del Holocausto”, sobre cuya base el Congreso de EEUU autoriza la construcción del Museo del Holocausto en Washington D. C., primer eslabón de una larga cadena de “Memorials” que se extendieron rápidamente por el mundo.  En la página web del museo encontramos que su finalidad no es sólo mantener vivo el recuerdo del genocidio ocurrido durante el nazismo, sino también “enfrentar el antisemitismo”  entendido como “prejuicio contra los judíos u odio hacia ellos”. Idea que claramente deja fuera del objeto de la institución combatir toda otra forma de prejuicio u odio racial, religioso, étnico, de género o político que han sido frecuentes inspiradores de crímenes genocidas, excluyendo asimismo a otros pueblos semitas no-judíos (por ejemplo, a los palestinos o árabes en general). En cambio, sí podemos encontrar sentencias que aplican al término antisemitismo, malversando su sentido original, a cualquier crítica a las políticas israelíes respecto a los palestinos, tales como "El presidente de Venezuela acusó a Israel de intentar un “genocidio” contra el pueblo palestino".

Lejos de mi intención está restar mérito a la importancia que este recurso tiene a la hora de mantener viva la memoria de los acontecimientos sucedidos durante el nazismo, o desconocer la magnitud del mismo como fuente de conocimiento, de estudio o herramienta de divulgación y prevención. Como tampoco pretendo ignorar la existencia de núcleos de pensamiento, de acción y de propaganda que siguen estigmatizando y satanizando “lo judío”.

Pero no puedo eludir relacionar la  iniciativa con una respuesta al planteo de un brote de “nuevo antisemitismo” (o “judeofobia”) que se afirma estalló a posteriori de la Guerra de los Seis Días ocurrida en 1967, y se fue incrementando con los sucesivos éxitos militares israelíes (como Yom Kipur - 1973) y las sucesivas arremetidas (y colonización) sobre los territorios reservados en 1948 a la población palestina. La expansión territorial, la evidente asimetría militar del estado de Israel (alimentada desde  los EEUU, Inglaterra y Francia) respecto a sus vecinos, y la opresión y el desplazamiento sufridos por los palestinos argumentando razones defensivas, sustituyó en la opinión pública internacional la imagen de estado débil rodeado de enemigos por la de una superpotencia militar que sirve de cabeza de playa para los intereses occidentales. La invocación recurrente de la tragedia común sufrida en el pasado, y la alerta permanente sobre una hipotética reiteración del intento de eliminación de la raza (que progresivamente se fue confundiendo y asimilando con el intento de eliminación del estado de Israel), puede ser vista entonces como un elemento disciplinador de consciencias críticas al accionar del estado Israelí.

Esta realidad no pasó desapercibido para intelectuales de indubitable alineamiento con la causa judía. En su ensayo “Ser Judío” en 1967 León Rozitchner se preguntaba “¿Qué extraña inversión se produjo en las entrañas de ese pueblo humillado, perseguido, asesinado, como para humillar, perseguir y asesinar a quienes reclaman lo mismo que los judíos antes habían reclamado para sí mismos? ¿Qué extraña victoria póstuma del nazismo, qué extraña destrucción inseminó la barbarie nazi en el espíritu judío? ¿Qué extraña capacidad vuelve a despertar en este apoderamiento de los territorios ajenos, donde la seguridad que se reclama lo es sobre el fondo de la destrucción y dominación del otro por la fuerza y el terror?”.

El mismo autor, en 2006, elige un párrafo de la misma obra (ratificando su plena vigencia),  para comenzar un artículo publicado por Página 12  en ocasión de otra ofensiva israelí sobre Gaza: “No tomo partido sólo por el pueblo palestino sino también por el pueblo judío. Reafirmo al mismo tiempo que la situación histórica de los judíos, que culminó durante el nazismo en el aniquilamiento, hizo necesario que también los judíos fueran una nación más entre las naciones del mundo: ése es el derecho moral irrenunciable, es cierto, del pueblo judío. Pero este hecho también impone necesariamente a los judíos respetar la vida de otros pueblos como ningún otro pueblo puede quizá sentirlo. Al hacerlo estoy planteando mi derecho a seguir siendo un judío argentino sin avergonzarme de serlo frente a lo que está también haciendo de nosotros el Estado de Israel en Palestina: si cumple su mandato ético e histórico o sirve a otros designios extraños a nuestra propia historia milenaria”. El artículo concluye con una acusación a la derecha que gobierna Israel: “Para hacer lo que hacen en Palestina los judíos que están en el poder deben mantener el secreto moral del origen de su derecho a una patria y prolongar allí los valores inhumanos de sus propios perseguidores milenarios... Debieron convertirse en cómplices de sus asesinos, no denunciarlos, ya no decir nunca más que el cristianismo y el capitalismo fueron sus exterminadores porque ahora ambos se habían convertido en su modelo y en sus aliados.

Ayuda para ilustrar la idea de “Nueva Alianza” expresada,  el hecho de que en el sitio del “Memorial” (o al menos la funcionalidad del parcelamiento de la construcción de significados), la versión que se replica de aquel famoso  poema de Martin Niemöller (habitualmente atribuido a B. Brecht), ha sido mutilada en su primer verso, aquel que dice “Primero (los nazis) vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista”. También ayuda esta relación de Norman Filkenstein (2): “la comunidad judía organizada norteamericana se olvidó rápidamente de la desquiciada declaración de Ronald Reagan en 1985, en el cementerio de Bitburg, cuando dijo que los soldados alemanes (incluyendo a los miembros de las Waffen SS) allí sepultados habían sido tan seguramente víctimas de los nazis como las víctimas de los campos de concentración. En 1988 Reagan fue galardonado con el premio al “Humanitario del Año” otorgado por una de las más prominentes instituciones del Holocausto, el Centro Simon Wiesenthal, por su “firme apoyo a Israel”; y en 1995 con la “Antorcha de la Libertad” por la pro-israelí ADL” (“La industria del Holocausto” 2000).

Norman Filkenstein, intelectual judeonorteamericano, explora la tesis de que el “Holocausto” está siendo explotado por fines políticos pro-israelíes y para financiar a los actores políticos, en desmedro de los verdaderos sobrevivientes: “Una vez reformulado ideológicamente, El Holocausto, demostró ser el arma perfecta para desviar la crítica de Israel... Lo más obvio es que la evocación de la persecución histórica permitió desviar la atención de las críticas actuales. Los judíos hasta podían hacer referencia al “sistema de cuotas” que habían padecido en el pasado como un pretexto para oponerse a los programas de acción afirmativa. Más allá de ello, sin embargo, el esquema del Holocausto concibió al antisemitismo como un odio gentil estrictamente irracional hacia los judíos. Excluyó la posibilidad de que la animadversión contra los judíos podría estar fundada sobre un real conflicto de intereses. El invocar al Holocausto fue, por lo tanto, una maniobra para deslegitimar toda crítica a los judíos: cualquier crítica sólo podía surgir de un odio patológico” (del mismo libro).

Sobre la construcción de esa desmesurada y éticamente desmoralizante ofendícula, es lógico concluir que se esperase que nadie cuestione que, sin investigación previa para atribuir responsabilidades ciertas, ni argumento de peso valedero, el asesinato de 3 jóvenes (en circunstancias nunca aclaradas y sin autor determinado) pueda ser tenida como argumento válido para justificar la impiadosa lluvia de misiles sobre la población civil palestina. Incluso resultaría aceptable que, desde las filas proisraelíes, se llegue a bastardear el significado del concepto “desproporción”. En respaldo, un prodigioso aparato de propaganda siempre estaría dispuesto a saturar de acusaciones de “antisemita” a cualquiera que se animara a levantar su voz en repudio a las políticas de apartheid, de ejecuciones sumarias, de detenciones “administrativas”, de bloqueo a ayuda humanitaria y sanitaria, de bombardeo a población civil, escuelas, hospitales e instalaciones de suministro de servicios básicos.

Así, en virtud de una extorsión sentimental, de un relato que victimiza al agresor, de la desnaturalización de los símbolos, de las palabras y de la apropiación de un legado universal,  el discurso de cualquier militante anticolonialista o antiimperialista que se solidariza con cualquier pueblo del mundo oprimido o agredido, o la reacción indignada de cualquier persona de buena voluntad frente a los asesinatos masivos de civiles indefensos, es estigmatizado, sin más, con la acusación de antisemita, lo que significa, lisa y llanamente, simpatizante de los genocidas, cuando el agresor tiene la particularidad de ser el Estado Israelí.


(1) Aludo, por ejemplo, a la Circular Secreta Nº11 de la Cancillería Argentina en 1938 (otra infamia de la década infame), que denegaba el acceso al país a migrantes declarados “indeseables” en su país de origen, término con el que el Reich había calificado a los judíos (entre otros) en la Ley de Desnacionalización de 1933. O a las exigencias formales exigidas por el Dpto. de Estado norteamericano para otorgarles la visa del país del Norte, como certificado de buena conducta expedido por la policía alemana o prueba de permiso para salir de Alemania (en 1939).

(2) Hasta donde sé, el primero en ser coronado por la comunidad judía organizada de EEUU con el singular mote de “judío que se odia a sí mismo”, el mismo que Sergio Szpolsky le dedicó recientemente a Pedro Brieger. Aquellos lograron que el académico perdiera su trabajo como docente universitario, Szpolsky todavía no.