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miércoles, 19 de junio de 2013

Los principios de Lorenzetti al palo.


Si alguien abrigaba alguna duda alentadora respecto al voto de Lorenzetti, es porque por entonces no leyó este post: LORENZETTI: EL DESPOTISMO ILUSTRADO DEL S. XXI, en donde explicábamos por qué el Supremo entre los Supremos se creía por encima de la ley y de los restantes poderes del Estado.



O lo juzgó muy tendencioso por considerar que adscribía al apotegma "todo para el pueblo pero sin el pueblo", o simplemente no escuchó o no recordaba esta intervención en la V Conferencia Nacional de Jueces del 18/10/12:





Ampliaremos.

martes, 18 de junio de 2013

Fontevecchia: un salto cualitativo… al vacío.


El 14 del corriente, Jorge Fontevecchia nos ilustra con una reflexión sorprendente desde la edición impresa de Perfil: “EL PROBLEMA ES EL MODELO, NO LOS HOMBRES”. ¿Cuál Fontevecchia? se preguntarán Uds. ¿El mismo que desde las tapas de Noticias impactara con los más ofensivos fotomontajes sobre Cristina, Nestor y una variada gama de funcionarios? ¿el mismo de las notas psicologistas que nos hablaban de bipolaridad, locura, desenfreno y otras patologías sufridas por la familia presidencial en pleno? ¿El mismo que bajo el título fachoprogresismo pusiera también en tapa una foto de Hittler con cabeza de Kirchner inaugurando la bobería de que esto es peor que el nazismo? Sí, ese, el mismo.




Pero no caigan en precipitadas conclusiones tales como que resulta positivo y plausible que un medio opositor revea su metodología estigmatizadora y la troque por un sano debate sobre “modelos”. Para nada, la nota se enmarca en un intento de conducir la responsabilidad del choque de trenes en Castelar, directamente al “modelo K”, sin escalas personales. Vivo el Fontevecchia, mientras en TN se esforzaban en mitigar el desastroso impacto que en su discurso provocaba que, minuto a minuto las sospechas y las pruebas, no conducían al descuido oficial, ni a la desinversión, ni prestaba argumentos sólidos a la defenestración de Randazzo, sino (al menos) hacia un grosero fallo en el operario, cambia abruptamente el eje del debate: “Pero la realidad se escapa de nuestros esquemas; y si la ciencia simplifica, ¿cómo entonces no disculpar los lugares comunes en que cae la opinión pública cada vez que se siente amenazada por una tragedia o por una crisis? ‘Necesitamos un culpable’, dice la masa uniendo sus voces. Y las autoridades, a veces también los medios, la tranquilizan con algún responsable, preferentemente un funcionario o algún supervisor, alguien de un rango lo suficientemente alto como para que la masa no se vea reflejada en él, aunque no lo suficientemente alto como para que las cosas cambien realmente”, pontifica como al descuido.

Pero así como el contexto del hecho quita relevancia a la especulación de que sea sincero y trascendente el supuesto “salto cualitativo”, el intento de argumentarlo y el armado político que debiera recogerlo, lo hacen naufragar en el vacío.

¿Por qué hay que buscar en el “modelo que desarrolló Néstor Kirchner y profundizó su viuda” la causa última? Porque, según Fontevecchia “consumió el stock de capital acumulado por las inversiones de los 90 aún no obsoletas y no agregó las necesarias para hacer sustentable el crecimiento que fomentó con demanda agregada” y (más adelante redondea) “El modelo falla porque no se puede sostener un crecimiento alto sólo con inversión del Estado o con los ahorros de los argentinos, y el kirchnerismo creó las condiciones para que la inversión externa sea casi inexistente. Eso se sufre en las actividades de capital intensivo como la energía y el transporte y en aquellas donde las inversiones son grandes y requieren diez o veinte años de amortizaciones para ser rentables”.

Que desde la oposición periodística ultramontana se empiece a reconocer que el crecimiento no es parte de un relato, sino que en verdad existe, no deja de ser razón digna de festejo, pero a partir de ahí la construcción teórica de Fontevecchia desbarranca frente a la contundencia con que la desmienten algunos números



Si observamos los cuadros precedentes (el primero corresponde al blog sobre economía “los 3 chiflados” y los dos restantes a la CEPAL, notaremos que la inversión externa verificada en los 90 es incluso inferior a la registrada a partir de 2005, y que a partir de allí las curvas muestran un incremento incesante, a pesar de ser mayoritariamente (a decir de Fontevecchia) inversión interna (el Estado o el ahorro de los argentinos), por lo que carece de fundamento el endiosamiento y el sobredimensionamiento que se le reconoce a los fondos externos en la era menemista.

Otro dato no menor, el primer cuadro refleja la inversión en relación al PBI: no es lo mismo el 21% del PBI registrado en 1998 (PBI= 280/290 en moneda constante) que el mismo porcentaje en, por ej., 2005 (PBI= 300/320).
Para completar la idea, sirve este otro cuadro confeccionado en el blog “Ya está” sobre la inversión extranjera directa en la argentina.



El autor del blog aclara: “En el gráfico anterior resalta que: a) 1999 registra un récord de IED por la venta de YPF a los españoles; b) en 2012 se logran los mayores montos de reinversión de utilidades en términos absolutos; c) la reinversión de utilidades es uno de los componentes de la IED, su aumento refleja la conducción por parte del Estado argentino de capitales vinculados con intereses extranjeros hacia una menor remisión de utilidades y dividendos al exterior y una mayor reinversión. Esto último para algunos sectores ortodoxos puede emerger como polémico, sin embargo no es menor que el Estado haya logrado "contener" estas decisiones de los agentes, o los actores sociales, de manera tal que las utilidades generadas en vez de volver a casas matrices o países de origen vuelvan a la economía doméstica”. Es decir, de la tan añorada inversión extranjera, su tope se logró no en inversiones de riesgo sino producto de la venta de los activos Estatales (es decir, no creó nada nuevo, por lo contrario, los años demostraron que la inversión trajo nefastas consecuencias tanto en el rubro laboral como energético productivo). Es decir las famosas inversiones extranjeras ni fueron tantas, ni tan productivas ni beneficiosas. Fuera del 99 (privatización YPF) el monto récord de inversión anual de esa década, fue durante el kirchnerismo 2 años igualados y en 2012 ampliamente superado, recuperando en vez de vendiendo patrimonio nacional.

Otro dato que obvia Fontevecchia es que el default de 2001 fue, realmente, el hecho que produjo la estampida de capitales, y que, contrariamente a lo que predica, las políticas kirchneristas no sólo han logrado atraerlos nuevamente en un contexto de crisis internacional financiera, sino que incluso ha sido capaz de impedir que las ganancias se giren al exterior y se reinviertan en el país, situación que no se verificaba en los 90 (¿o por qué se creen que se inventó la convertibilidad?).

Es obvio que si se produce más, se consuma más energía, y que esa situación (sumada al mayor consumo hogareño producto del mejor standars de vida) frente a la nula inversión en infraestructura verificada en los 90 genera cuellos de botellas. Por aquel entonces se exportaba  gas sobrante a Chile y se clausuraba la construcción de centrales atómicas por la inutilidad, “el modelo” no necesitaba  del aumento de producción de energía eléctrica. Las consecuencias del modelo menemo-delaurrista fue la exclusión social y la implosión del 2001. ¿Por qué motivo, y en vista de los antecedentes, podríamos colegir que un modelo distinto al que impulsaron Nestor y Cristina atraería inversión extranjera productiva y no meramente especulativo, que fructificaría en el sector energético en respuesta al ritmo del crecimiento y que resolvería los problemas sociales emergentes? ¿cuál es la alternativa ofrecida? ¿no crecer tan rápido? ¿no incluir tan rápido? ¿crecer sin trabajadores que utilicen los medios de transporte para ir a trabajar y sin clase media que producen colapsos eléctricos cuando enciende los aires acondicionados? ¿esperar a tener más medios de transporte y más energía para crecer y después incluir?

La contradicción aparece como evidente, y Fontevecchia recoge el guante y pretende superarla: “Y no es una cuestión ideológica, porque tanto el privatismo de Menem como el estatismo de Kirchner fueron abusadores. La falta de medida de ambos los convirtió en lo mismo: una caricatura farsesca de corrientes ideológicas (otra simplificación) que deberían coexistir en cualquier país y, dependiendo del momento, influir una u otra en mayor proporción”, vuelve a pontificar enunciando el sano principio del justo medio.
¿No es ideológico? ¿Se puede en la realidad política y económica no ser muy-muy sin ser tan-tan? ¿Cuál sería el modelo real de referencia que haya emergido exitoso al cambio de paradigmas del pos-neoliberalismo o, mejor dicho, a su crisis globalizada? No creo que Fontevecchia lo busque en China…

¿Y en España? El PSOE abrazó las políticas de ajuste abandonando sus ideales históricos, sólo para que el electorado le diera la espalda y permitiera al PP profundizar el desastre. Por no ser tan-tan ahora España es muy-muy.

¿Y en Chile? Por no ser tan-tan, la Concertación postuló al neoliberal Frei, sólo sirvió para que el neoliberal Piñera retomara el camino de los muy-muy. Ahora reaparece Bachelet con un discurso que en mucho excede el tan-tan con que gobernó para encaramarse en las encuestas.

Pretender que el kirchnerismo desaparezca (al igual que el neoliberalismo cerril) y que la política se reabsorba en un dualismo inocuo (¿macrismo vs. Panradicalismo+socialismo?), en un juego de ambivalencias entre oficialismo y oposición que representan sólo variedad de matices de lo mismo, no es plantear una mejoría de la convivencia democrática (es negar su esencia), sino que denota la inmensa hipocresía del autor. Se planta en el fukuyamista planteo de la muerte de las ideologías para preservar engañosamente la doctrina del pensamiento único: el neoliberalismo. No hay que ir demasiado atrás en la historia para encontrarnos con un ejemplo de esa situación que se pretende reeditar: las elecciones de 1999, cuando se podía discutir todo menos el modelo de la convertibilidad que nos depositó en la debacle.

A propósito, tampoco deja pasar la asimilación entre el menemismo y el kirchnerismo, ambos como “caricaturas”. No comparto (ni compartí) nada con el ideario menemista, pero no tengo dudas que si algo no fue  es una caricatura, por el contrarios fue el neoliberalismo en estado puro, ese mismo neoliberalismo en el que abrevan explícitamente desde sus actos y sus opiniones ese extenso arco político que intenta presentarse como “la oposición seria y dialoguista”, supuestamente tan incontaminada de ideologías como Fontevecchia, y tan ruin y mentirosa como el editor del Perfil.




lunes, 17 de junio de 2013

D'Elia, los trenes y el 16.


A horas del choque de trenes en Castelar, Luis D'Elia prende una mecha  que puso nerviosos a varios. No sólo a una oposición mediática que ponía todas las fichas a los trillados y genéricos argumentos de la "falta de inversión" o latiguillos reflotados como "la corrupción mata", siempre apropiados para desgastar al gobierno (pero desacreditados a cada paso que avanza la investigación). También a una oposición política ávida de encontrar en las necrológicas algún argumento sustenable que borre en el electorado la imagen que construyera de pandilla multimorfa y oportunista, inútil para canalizar cualquier demanda. Y también, por no decirlo, en una rama de tibios simpatizantes honestistas y poco afectos a ejercitar la memoria, a quienes corresponde a hacerles recordar el menú de operaciones maliciosas que se han devorado alegremente y sin masticar en estos últimos años.




Y el Cro. Luis, fue más allá. En refuerzo de su duda, cometió la temeridad de hacer púbica una atinada inferencia: si fueron capaces de bombardear una plaza llena de gente ¿cuál es el motivo válido para suponer que un sector reaccionario (y sus influyentes y bien pagos cagatintas), histórica y manifiestamente contradictor del peronismo, no sería capaz de chocar dos trenes? 

Obviamente, nadie del amplio espectro opositor se sintió cómodo con la comparación. A nadie le gusta que se ande ventilando los muertos que atesora en su ropero. Las reacciones fueron furibundas, destempladas, pero, sobre todo, canallescamente desmesuradas, evidenciando la desproporción entre poder de fuego del tuit  y de la diversa artillería del poder mediático. Pero no quedó claro si la reacción se debió a una indignación generalizada por sentirse corridos con el sayo de golpista, porque el razonamiento "a lo bestia" de Luis desviaba la discusión a un ámbito distinto que la hipócritamente lacrimosa cobertura funcional a intereses desestabilizadores, o quizás haya sido que la jauría fue desatada para destrozar al bocón que se atrevió a poner sobre el tapete una hipótesis para nada descartable.

Por todos es sabido que, los bestiales golpes militares, esas carnicerías a la vieja usanza, ya están demodée y no gozan del beneplácito de la embajada. Ahora son las "minorías intensas" las que obran en una mucho más tortuosa, lenta y dificultosa táctica que pretende dotar al golpismo de cierto barniz democrático. Pero ahora como antes, toda pretensión ilegítima de apoderarse del gobierno sin necesidad del respaldo electoral, requiere de un fino trabajo de ablande de conciencias encargado especialmente (antes como ahora) a los formadores de opinión disfrazados de periodistas independientes. Y para eso no es exigible al predicador ni siquiera una pizca de originalidad. Basta ver esta tapa del socialista (liberal y democrático) periódico "La Vanguardia" del 22 de junio de 1955 para comprenderlo.




Fuera de la fecha, todos y cada uno de los clichés de entonces son trajinados hasta el cansancio por las plumas y los micrófonos que nos hartan cada día. Se repiten las expresiones de deseos, se reiteran los epítetos, y se sigue festejando la muerte como recurso, por entonces explícitamente, hoy se tienen que contentar con dejar caer la baba por la comisura del entrelíneas.


La honestidad brutal de Luis les duele como una trompada en la mandíbula. Ellos están acostumbrados a seguirnos por cuadras provocando con elípticas metáforas y capciosas comparaciones. Que el tren de Varsovia de Lilita, que las juventudes hittlerianas de Aguinis, que el control de precios nazi de Sturzenegger, que la comparación de la TDA con las volksempfänger, no es más que la apelación cotidiana al recurso goebbelsiano de la transposición ("cargar al enemigo con los propios errores o defectos, si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan"), práctica que pretende hacer creer al público que nosotros somos lo que en realidad ellos son capaces de ser. Ellos se descolocan con la falta de sutileza franca, simplemente porque necesitan de argumentaciones retorcidas para sostener sus endebles argumentaciones.

Contrariamente, a Luis le basta las limitadas posibilidades de tuit para poner en evidencia una realidad histórica. Si de buscar parecidos con el nazismo se trata, no necesitamos remitirnos a forzadas referencias literarias al holocausto... nos basta con Guernika para desbaratar la trama y llenar los ojos de quien quiera ver con imágenes con que jamás podrán  parangonar al peronismo.