sábado, 22 de septiembre de 2012

Zizek: los cacerolos y la colonización del sentido común.




El esloveno Slavoj Zizec es algo así como el reflejo en el espejo de la Sarlo. Arrancó como sostén ideológico de la derecha disidente de Europa oriental, del anticomunismo cerril, pero en vez de disfrutar de las mieles que le ofrecía el mundo post “caida del muro”, reencaminó su espíritu hasta transformarse paulatinamente en un referente del moderno pensamiento de izquierda. Salvando las distancias, claro, lo de la Sarlo es de cabotaje.



Lo traigo a colación porque arrima varias pautas para ayudar a interpretar la metodología  y el sentido de la acción cacerolera. Aclaro desde ya que este post no tiende al análisis de las motivaciones personales de un espectro tan amplio de  individuos (que presentan extrema dificultad para ser rotulados como “grupo” en el sentido que le da al concepto Pichón Rivière (*), y por ende, resulta inútil analizarlos como tal), sino que apunta al modo en que los promotores de la manifestación han logrado reducirlos a una muchedumbre (**), los han arriado a un lugar común, y esperan instrumentarlos como escenografía  para el logro de sus objetivos particulares (que no tienen por qué ser los mismos que las aspiraciones de las parcialidades que conformaron la muchedumbre). Lo digo para evitar chicanas onda “los K siguen sin entender los reclamos legítimos de la gente” y para advertir que si el lector es un convencido de la “espontaneidad” del cacerolazo  13-S, es hora de que deje de perder tiempo en esta lectura.

Zizek en “En defensa de la intolerancia” (2001)  se explaya teniendo en miras a la caída del modelo soviético, y, particularmente, en la organización social que la empujara. Nos explica cómo fue posible que sectores tan dispares y con inquietudes a veces diametralmente opuestas, convergieran en acciones políticas comunes para enfrentar al régimen en Polonia: 

“La expresión "los comunistas en el poder" era la encamación de la no-sociedad, de la decadencia y de la corrupción, una expresión que mágicamente catalizaba la oposición de todos, incluidos "comunistas honestos" y desilusionados. Los nacionalistas conservadores acusaban a "los comunistas en el poder" de traicionar los intereses polacos en favor del amo soviético; los empresarios los veían como un obstáculo a sus ambiciones capitalistas; para la iglesia católica, "los comunistas en el poder" eran unos ateos sin moral; para los campesinos, representaban la violencia de una modernización que había trastocado sus formas tradicionales de vida; para artistas e intelectuales, el comunismo era sinónimo de una experiencia cotidiana de censura obtusa y opresiva; los obreros no sólo se sentían explotados por la burocracia del partido, sino también humillados ante la afirmación de que todo se hacía por su bien y en su nombre; por último, los viejos y desilusionados militantes de izquierdas percibían el régimen como una traición al "verdadero socialismo". La imposible alianza política entre estas posiciones divergentes y potencialmente antagónicas sólo podía producirse bajo la bandera de un significante que se situara precisamente en el límite que separa lo político de lo pre-político; el término "solidaridad" se presta perfectamente a esta función: resulta políticamente operativo en tanto en cuanto designa la unidad "simple" y "fundamental" de unos seres humanos que deben unirse por encima de cualquier diferencia política”.
A mi humilde entender, la acción cacerolera, si bien converge con la situación descripta por Zizek en el carácter de conglomeración de diversidades, también se encuentra respecto a ella en una situación embrionaria: ha advertido la posibilidad catalizadora de enfrentar a un gobierno, pero aún no ha encontrado el significante inclusivo y totalizador que transforme la muchedumbre en grupo y, en consecuencia, sólo logra generar hechos políticos, aislados y hasta inconexos, pero no una acción política coordinada y eficaz a desarrollarse en el tiempo necesario. Tal circunstancia ha sido claramente puesta de manifiesto en las entrevistas recogidas aquella misma noche entre los concurrentes. Para colmo, las consignas más escuchadas fueron las manifestaciones de odio visceral o, directamente, el “que se vayan”, sinceramiento adecuado en el enfrentamiento con una autocracia, pero francamente disfuncional frente a un gobierno democrático elegido hace menos de un año por una mayoría del 54%.

Poco importa en el caso que cualquier análisis que pretenda ser tomado seriamente  indique una clara distinción entre la Argentina de hoy día y las condiciones socio-políticas y económicas objetivas de Polonia en los 80. Lo importante es la existencia de algún sentimiento particular de encono con el Estado o el gobierno, por cualquier causa que ni siquiera debe tener que ser calificada como común, para que el persistente machaque sobre “el sentido común” logre enfocar la animaversión individual y la colectivice. El “sentido común” ha sido cuidadosamente adiestrado desde los medios hegemónicos como eficaz antídoto a toda respuesta o explicación política, es capaz de volver refractario al individuo a cualquier análisis e, incluso, de trastocar su encono en odio e ira, si su creencia o el prejuicio afincado a nivel del subconsciente, osan ser contradichos desde un comunicador gubernamental. 

Es que “lo político”, “lo público”, “lo estatal” ha sido cuidadosamente constituido en el enemigo durante décadas. Es “ese que no hace nada”, “ese que me roba”, “ese que me espía”, “ese que hace que suba el tomate”, “ese que me impide expresarme libremente”… negándole toda connotación positiva y achacándole hasta las más absurdas conductas destructivas. Producto: es el culpable de todos mis males, jamás el que posibilita o crea las condiciones para alguno de mis éxitos. Sobre la base de la demonización del Estado resulta sencillo configurar “climas” hostiles.

“La lucha por la hegemonía ideológico-política es, por tanto, siempre una lucha por la apropiación de aquellos conceptos que son vividos "espontáneamente" como "apolíticos", porque trascienden los confines de la política” dice Zizek, y allí reside el secreto del triunfo parcial de los convocantes al caceroleo. Los medios de comunicación masiva han logrado apropiarse del lugar de fiscales del quehacer político, aparentando ajenidad de todo otro interés que no sea los filantrópicos de “investigar la verdad” contrapuesta al “relato” y “hacerla conocer” a los pasivos receptores.  Han generado en torno a sí un halo de inocencia y objetividad que no logra aún ser despejado para poner al  descubierto sus prácticas manipuladoras. Esa supuesta ajenidad de lo político es la que logra disipar incluso las mejores evidencias de su parcialidad: los otros medios o los periodistas que pretenden poner en negro sobre blanco sus verdaderas motivaciones, son cubiertos con el manto de sospecha de una vinculación con el gobierno. La sola acusación (aunque sea disparatada) de ser Medios oficialistas o periodistas militantes defenestra cualquier prueba concluyente que se esgrima en su contra, hasta la judicialización de sus perversidades se ven paralizadas cuando se lanza el conjuro “justicia adicta” o “juez K”. Aquel principio de presunción de legitimidad del que gozaban a los actos de la administración, hoy fue sustituido socialmente por el principio de culpabilidad mediático, que inmuniza y vuelve impune su complejo e interesado accionar. 



En estas condiciones, la actitud destituyente deja de ser una cualidad negativa y oprobiosa, muta mágicamente en resistencia al régimen o intento de sacudir la opresión, virtud con la que se dota a la muchedumbre previa a lanzarlas a la calle. ¿Quién pudo hacer volar la imaginación lo suficiente como para concebir de un joven sacado vociferando “¡quiero irme de viaje todos los años a Punta del este, entendelo tarada!” un adalid de las instituciones republicanas? ¿Cuál mente afiebrada soñó con escuchar un liberal-socialista como Binner congratulándose por una marcha convocada por un nazi confeso como Kanki Biondini?  Sólo la alquimia de la Televisión, condimentada con fuertes dosis de oportunismo político, pueden perpetrar estos fenómenos insospechados. 

Lo cierto es que la compleja trama de manipulaciones, tergiversaciones, mentiras y ocultamientos masificados y persistentes, ha vedado el ingreso de la política al terreno del sentido común de “lagente”. Aún falta mucho para siquiera empatar la batalla cultural, aquella que muchos creían devenida en un aplastante triunfo.

Cuando aludo a la ausencia de espontaneidad, no reduzco la sentencia a la convocatoria, sino también a la creación del caldo de cultivo de la reacción. Pero es aquí también donde los medios de difusión masivos, a pesar de demostrar su capacidad de generar estados de ánimos reactivos, simultáneamente, reinciden en dar cuenta de una impotencia organizativa que les impide consolidar logros parciales obtenidos. El correcto análisis de Zizek respecto a la articulación de “Solidaridad”, pone de manifiesto los déficit de su sucedáneo vernáculo: ni un programa de contenidos mínimos, ni un Lech Walesa aparecen, y, salvo que consideremos la posibilidad de poner en ese lugar a Sri Sri Raví Chantar, tampoco un Papa polaco.  Y esto es de suma gravedad para ea causa, porque si atribuimos valor de prenda de unidad al significante unificador “que se vayan”, no deja de ser una limitante en cuanto propuesta de caos poco proclive a seducir mayorías con un grado mínimo de racionalidad, alertados del fracaso de la misma consigna en 2001. 

En definitiva, la alternativa cacerolera, hasta el momento, no puede ser considerada más que una insinuación oclocrática en manos de “gente linda”. Y seguirá siéndolo, al menos hasta que, eventualmente, se visibilice y logre el suficiente respaldo popular “la conducción política” en que pretende constituirse el GAPU (Grupo de Acción Política para la Unidad), precámbrica herramienta que impulsa a Macri a conventirse en el Capriles argentino, ante la inviabilidad (e inaceptabilidad para los sectores fundantes) de que Moyano asuma el protagónico rol de Walesa sudaca.





(*) Grupo: “un conjunto restringido de personas que ligadas por constantes de tiempo y espacio y articuladas por su mutua representación interna se propone, de forma explícita o implícita, una tarea que constituye su finalidad, interactuando a través de complejos mecanismos de asunción y adjudicación de roles”.

 (**) En el sentido estricto que confiere al término Ortega y Gasset, meramente cuantitativo y visual, no cualificado, por ejemplo, por un ideal común. Carece de los atributos necesarios para ser considerada “pueblo”.

 (***) Olocracia: gobierno de la  la muchedumbre que a la hora de abordar asuntos políticos presenta una voluntad viciada, evicciosa, confusa, injuiciosa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno y por ende no conserva los requisitos necesarios para ser considerada como «pueblo».



10 comentarios:

Moscón dijo...

Korzybki ya los tenía manyados a todos estos:”Un mapa no es el territorio que representa, pero, de ser correcto, tiene una estructura similar al territorio, razón por la cual resulta útil. Si el mapa pudiera ser idealmente correcto, incluiría (en escala reducida) el mapa del mapa. Si reflexionamos acerca de nuestros lenguajes, encontramos que, en el mejor de los casos, deben ser considerados tan sólo como mapas. Una palabra no es el objeto que representa; los lenguajes también exhiben esta peculiar capacidad de reflejarse a sí mismos: podemos analizar lenguajes por medios lingüísticos. El “lenguaje de mapa” anticuado, necesariamente, debe llevarnos a desastres semánticos, al imponer y reflejar su estructura antinatural… Siendo las palabras y los objetos que representan dos cosas distintas, la estructura, y solamente la estructura, se convierte en el único vínculo entre los procesos verbales y los datos empíricos. Las palabras no son las cosas de las que hablamos… Si las palabras no son cosas, ni los mapas el territorio mismo, entonces, obviamente, el único víncuo posible entre el mundo objetivo y el mundo lingüístico debe hallarse en la estructura, y sólamente en la estructura. La única utilidad de un mapa o lenguaje depende de la similitud entre los mundos empíricos y los mapas-lenguajes. El hecho que todo lenguaje tiene alguna estructura… lleva a que inconscientemente leamos en el mundo la estructura del lenguaje que usamos…”
Del prólogo de su obra “Science and Sanity”

Pibe Peronista dijo...

Se viene el "finde largo", los caceroleos se trasladan a Punta, Cariló y San Martín de los Andes, las tres localidades más vulnerables de América Latina

Daniel Mancuso dijo...

Bien ahí el análisis, muy esclarecedor, adelante con la batalla cultural, tenemos trabajo...

Daniel dijo...

Brillante.

Cuando llegué a -“ese que hace que suba el tomate”, me acordé que mi mujer me contaba que cierto día en el Coto un veterano le decía a su esposa:
-"Vieja, Cristina aumentó los tomates".
Recuerdo observar con extrañeza una publicación trosca de los '80 que llevaba como título, el logotipo mismo del "Solidaridad" polaco. Y es que se me cruzaban los curas, sindicalistas derechosos, empresarios todos metidos en esa bolsa que el MAS local levantaba con orgullo.

ram dijo...

La verdad es que no me lo imagino a moyano como walesa, ni que lo metan en un tacho de lavandina, che...
Otro problema que les veo, científicamente hablando, es la profunda fealdad de toda esa gente linda caceroleando, son casi casi un agujero negro de odio, prejuicio y brutalidad - todo un drama para el durán barba que pretenda venderlos, como gente linda preocupada en hacer buenas obras; mi impresión es que este bicherío todavía no tiene filósofo o psiquiatra que los estudie o que por lo menos tenga ganas de estudiarlos.
Una manga de nazis culposos y encima de raza inferior, una joda siniestra, bah!.

profquesada dijo...

Muy buen post, ayuda a pensar.

Las condiciones de Polonia en los ´80, o las de Chile en los ´70, o las actuales en España o Grecia no son comparables a las de Argentina modelo 2012.

Incluso la mera enumeración muestra las enormes diferencias que hay entre estos casos.
En cierta medida los caceroleros vernáculos se parecen más a las indignadas bien empilchadas que protestaban a los gritos contra el inmundo comunista de Allende que a cualquiera de los otros casos incluida Argentina modelo 2001.
Pero también hay diferencias. En el caso chileno por detrás de esa protesta callejera estaba una enorme concentración de poder que sería impropio detallar por lo muy conocida. Estos de aquí solo tienen el apoyo, la alimentación ideológica y quizás económica en alguna secreta medida de los medios cartelizados. Los temas y las consignas son tomados de allí, bueno los partidos políticos hacen lo mismo y se repartirán este conglomerado variopinto con mucho odio pero sin brújula, sin capacidad para que sirva de combustible para un fin constructivo, como con Solidaridad, en Polonia. O destructivo como en Chile con Allende. Aquí en el ´76 no hubo cacerolas anti terroristas pero casi, los militares se adelantaron y las hicieron innecesarias, pero amagues hubo.

http://www.pueblodecaos.blogspot.com dijo...

La catódica masividad del cacerolismo sólo sirve a fin de mensurar la ausencia de política en la oposición. Dicho de otro modo: pone en escena que la forma de hacer política de ésta última (en rigor pugnar por la burocracia del aparato de poder)ha sido desplazada por la práctica de la acción.

Anónimo dijo...

Muy fáciles los cuestionamientos de un don nadie, que no tiene que sustentar sus posiciones ante audiencias que reclaman algo más que estar del lado de los supuestos buenos. Podés ir a dormir tranquilo. Sarlo está muy angustiada.

Rucio dijo...

No creo que la Sarlo se angustie. Y dado la vaguedad e indefinición de tu comentario, tampoco creo que hayas leído más allá del primer párrafo. Lo que sí creo es que vos estás realmente alteradito, Anónimo. Tomate un tilo.

Iris van Kirsten dijo...

Buen análisis. Igual, sabiendo que el sentido común es tan colonizable, habría que comenzar desconfiando siempre del mismo.