viernes, 10 de diciembre de 2010

¡27 años al hilo!

Lo Parió, nunca había pasado en la Argentina. Y digo nunca porque no cuento el período 1853-1916 porque eso ni era una democracia, ni pretendía parecérsele.


Si me parece estar viéndolo a Alfonsín ganando las elecciones a fuerza de recitar el Preámbulo y afirmar ¡con la democracia se come, con la democracia se cura, con la democracia se educa! Toda una definición: recuperación de las instituciones políticas para la satisfacción de las necesidades básicas del pueblo.

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Y arrancó para ese lado nomás. Grinspum cuestionando a las políticas del FMI. El Juicio a las Juntas Militares. El propio Alfonsín robando un púlpito en un tedeum para cuestionar al clero, gritándole fascistas y golpistas a domicilio a los energúmenos de la Sociedad Rural, diciendo a la multitud multicolor que bancaba a muerte, desde el balcón de la Rosada, “voy personalmente a Campo de Mayo a resolverlo”, acusando a Clarín de sembrar el desánimo en los argentinos… pura polenta el Gallego. Y cómo entusiasmaba la época a propios y extraños, a los radicales oficialistas, y a los que no lo éramos pero que también nos sentíamos parte activa de la recuperación democrática.

Pero esa espectativa se fue marchitando, se fue Grinspum y la única primavera que quedó que el Plan de Sourrille; al prometedor Juicio le siguieron las instrucciones a los fiscales, la obediencia debida y el punto final, quizás porque la gente se fue de la Plaza a festejar unas pascuas felices que duraron un par de décadas. ¡La casa está en orden otra vez! Festejaron los curas, los energúmenos de la Sociedad Rural, los funcionarios del FMI, mientras varios desempolvaban los falcones verdes para unirse a la caravana. Ah sí… hasta Magneto se animó a decirle “Ustedes ya son un escollo” cuando columnas de hambrientos salían del asedio de la hiperinflación saqueando supermercados. “No pudimos, no supimos o no nos dejaron hacerlo” fue la reflexión final.

Las instituciones democráticas volvían al buen resguardo de los dueños de la patria. La política volvía a ser un apéndice de la economía, un sacerdote del todopoeroso Dios Mercado. ¡Siganme no los voy a defraudar! fue la consigna mentirosa que ilusionó a millones con la revolución productiva y el salariazo. Pero hubo que establecer prioridades: primero a atender la tristeza de los niños ricos, a Videla y sus amigos les tocó el indulto, a Clarín, Canal 13 y las 2/3 partes de las licencias radiotelevisivas, a Macri el Correo… Mientras, espera turno el hambre de los niños pobres. Desde que Calígula nombró Cónsul a Insitatus, nunca ningún Cavallo tuvo tanto poder como en la Argentina de los ’90, tanto que un Peso valía un Dolar y a los científicos se los mandaba a lavar los platos.


“Nada de lo que deba ser del Estado, permanecerá en manos del Estado” decían los nuevos mandamientos. Y así fueron privatizadas las aerolíneas de los sueños, se impuso peaje a  los caminos hacia la utopía, aumentaron las tarifas de la comunicación, y los únicos ramales que no cerraron fueron aquellos por los que se corría en tren de joda o en tren de especulación, financiera o política, daba lo mismo. Miles de obreros se mudaron de los talleres y refinerías a las rutas, y los restantes argentinos, salían de la resaca de las Felices Pascuas viendo en TV cómo, de modo poco gentil, se los garroteaba para convencerlos de que “la cirugía mayor sin anestesia” los había extirpado de la sociedad de bienestar.
Eran épocas en que ser “progre” era fácil, bastaba con hablar de la mala leche de Vicco, de la venta de armas a Ecuador y Croacia, del retorno que recibió María Julia por la privatización de ENTEL, de la rosca IBM-Banco Nación, del Menemtrucho de Gostagnian o de la Ferrari de Menem. Bastaba “no robar por dos años” para salvar el país. Con tanta letra que daba la corrupción, para que hablar del poder de las corporaciones económicas, de la extranjerización de la especulación financiera, del exponencial aumento de la deuda externa, del empobrecimiento generalizado, del desmantelamiento del aparato productivo, de las relaciones carnales o del sistema neoliberal en sí que no es otra cosa que la puta madre que los parió a todos los otros. La “Segunda Década Infame” fue tan infame que duró 10 años y seis meses. 

Tan es así, que la exposición mediática de la corruptela derrotó al Menemismo, pero ni siquiera rozó al neoliberalismo. Radicales y Frepasistas mandaron la Carta Abierta a los Argentinos, y lograron sentarse en el sillón de Rivadavia, pero como se olvidaron guardarse una copia para acordarse por qué los votaron, siguieron abrazados al modelo triunfante al momento en que Fukuyama decretó el fin de la historia. El concepto de eficiencia en la administración fue sintetizado en la máxima “una BANELCO vale más que mil debates”, y Chacho salió espantado para que no lo alcance el baldazo de mierda… Un Dólar seguía valiendo un Peso, y un Peso, 1,70 federales o 1,30 patacones o 1,10 lecop.

“Dicen que soy aburrido… ¿aburrido yo?” ¡Tráiganlo a Cavallo y armen el corralito! Y después del voto a Clemente, por fin se vio el derrame tantas veces esperado. No me refiero al de la riqueza, me refiero al derrame de millones de argentinos en la calle, decididos por fin a abandonar la siesta pascual y gritar que más vale pueblo en la calle que presidente volando en helicóptero. ¡Qué lindo es dar buenas noticias!
No es que la historia diga que se construyó una hermandad definitiva entre el piquete y la cacerola, o que, efectivamente, su lucha haya sido una sola. Pero por entonces valía ilusionarse con la concreción de la nueva alianza de clases.


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En ese momento de profunda crisis económica y social, por primera vez en la historia de la Democracia argentina, sus propias instituciones fueron capaces de articular respuestas, a pesar del ensordecedor “que se vayan todos”, primó la cordura de reflexionar ¿para que venga quien? Tuvo razón Alfonsín “con la democracia se educa”.

El interregno parlamentario logró, default puntano mediante, apagar el incendio, pero no aportó demasiado a la ilusión. Se derogó la ley que podía condenar a los banqueros que produjeron el gran vaciamiento económico, la devaluación asimétrica dejó mas pobres a los pobres y les produjo pingües ganancias a las empresas deudoras en dólares (por ejemplo, al grupo Clarín) y a los exportadores agropecuarios (que cobraban en dólares y pagaban a sus empleados en bonos provinciales). ¡Si habré visto como cambiaban camionetas modelo ´70 por brutas 4x4 japonesas mientras nos cortaban el teléfono porque Telecom no aceptaba bonos! ¿Y para cuando el turno de los niños pobres? Todavía no era tiempo, así lo explicó un día Duhalde en el Puente Pueyrredon. 




Y ya estamos llegando al festejo de los 20 años. Y otra vez nos tocó elegir, sobre el Ring estaban, entre otros:
Lilita “Huracán” Carrió, por aquel entonces, la progre sobreviviente de la Alianza;
La “Gran Esperanza Blanca”, Ricardo Lopez Murphi, que si bien tenía pinta de comisario de los ’40 era un ferviente seguidor de las enseñanzas económicas de Chicago;
Por el bronce, decían, quería volver Carlos Menem. Yo creo que si volvía era para no dar explicaciones sobre la AMIA, la Embajada de Israel, el arsenal de Río Tercero y varios muertos más bien guardados en su ropero;
El depreciado candidato radical Leopoldo Moreau;
La inefable promesa incumplida del Gran Cuyo, “el” Adolfo Rodriguez Saa, quien ya había probado las mieles de La Rosada por unos días;
Un tipo parecido a Tristán que se largó con menos intención de voto que Bin Laden para las presidenciales norteamericanas.

Para la segunda vuelta quedó planteada la antinomia Menem – el tipo parecido a Tristan. No me animo a decir que en el inconsciente colectivo se haya instalado entonces la contradicción modelo neoliberal – modelo anti neoliberal, lo que sí es cierto que cualquier encuesta pronosticaba paliza, por lo menos 7 a 3. Algunos dicen que el Colorado De Narvaez no quiso poner más plata al cuete, Menem dijo que no estaban dadas las condiciones (y no, para él no estaban), pero también dijo  que se retiraba de la segunda vuelta para que Nestor Kirchner no pudiera gobernar por falta de base social que lo sustentara (Escribano en la Nación afirmó que los argentinos habíamos elegido presidente por un año).  Así asumió, con más desocupados que votantes, con más deuda interna y externa que presupuesto, en medio de una crisis inconmensurable que le dejaba cero margen de maniobra.



Por suerte la historia es dialéctica y no circular. No volvemos nunca al lugar donde empezamos. Si no fíjense, se puede hacer un paralelo interesante: Alfonsín asumió con una democracia condicionada por los militares, las corporaciones económicas y el FMI, una economía empobrecida, pero con grandes expectativas y apoyo de la sociedad. Nestor asumió con una democracia condicionada por las mismas corporaciones económicas y mediáticas, pero, fortalecidas durante el menemismo, con el FMI defaulteado, una economía realmente desbastada, una Corte Suprema ubicada en sus antípodas ideológicas, y con una sociedad que en su 77% no lo había apoyado, llena de demandas, movilizada y con escasa o nula confianza en el poder político, con índices de desocupación y pobreza inéditos desde 1945.
A pesar del fuerte apoyo popular, a menos de 3 años de gobierno, Alfonsín comenzó a ceder posiciones a los militares, al FMI y a las corporaciones económicas. Durante sus cuatro años de mandato, Nestor Kirchner impulsó y consolidó una política de Derechos Humanos que permitió reiniciar los juicios a todos los militares genocidas, e incluso cuestionar a los dueños del poder económico que fueron sus cómplices. Se liberó de la injerencia del FMI y, contra las ambiciones de las corporaciones económicas, impulsó fuertemente una recomposición salarial generalizada, que incluyó sueldos, jubilaciones y pensiones. Como contrapartida, también logró una notable recomposición del sector empresarial productivo, no sólo basado en las exportaciones, sino también del mercado interno. Si hasta me animo a decir que por fin empezó el turno de los niños pobres que tienen hambre.
A los 4 años Alfonsín sufrió una dura derrota electoral que debilitó su posición. A los 4 años, prometiendo la continuidad y la profundización del mismo modelo, Cristina gana las elecciones en primera vuelta obteniendo el doble del porcentaje electoral que había tenido Nestor, y va por más. A pesar de la ensañada  oposición del sector agroexportador por la distribución de sus ganancias extraordinarias, de la necia oposición de los sectores reconcentrados de la economía y de la corporación monopólica mediática, de haber sido derrotada en las elecciones legislativas por la derecha melancólica del libre mercado, de la confrontación con las iglesias medioevales y con las izquierdas que perdieron el rumbo, Cristina insiste en la idea de que hay que profundizar el modelo.



A pesar de todo eso, después de siete años de gestión de un modelo político económico, a pesar de las dudas cobardes de sus amigos, las traiciones de sus aliados, y del ensañamiento de sus enemigos, la ex Legisladora de la Nación esposa del tipo parecido a Tristán, se encamina a ser reelecta por un porcentaje y una diferencia aún mayor que las obtenidas antes.

Y hago este paralelo, que pretendo de cierta objetividad, no para transformar los 27 años de vida democrática en un panegírico de los K. Lo hago, simplemente, para darle la derecha (mano) a Alfonsín. Parece que era cierto nomás que con la democracia se puede comer, se puede curar, y se puede educar. Pero para que sea posible, no basta con votar cada dos años. Es necesario el compromiso de un pueblo que sepa lo que quiere y esté dispuesto a defenderlo. Y es necesario la lealtad, la vocación y la convicción de sus dirigentes.  La lealtad para no traicionar las expectativas de su pueblo, la vocación de servirlo y la convicción de seguir sus ideales contra viento y marea.




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