sábado, 22 de junio de 2013

Seguimos jugando en el campo de ellos.


No nos confundamos, compañeros, estos no son asuntos que se resuelven mediante un memorable zapatazo como el del Chango Cárdenas, ni con una media vuelta y arremetida a lo Búfalo Funes.  No señores, esto no es un partido de fútbol, más bien una larga campaña donde, a medida que avanzamos, los rivales se van poniendo más cabreros e ideosos, y por más que mejoremos el reglamento no logramos transformar a Carlos Amarilla en un árbitro neutral.




Si lo comparamos con una guerra, no es el Blitzkrieg alemán, sino una guerra de posiciones que lentamente va instalando las hostilidades en el territorio del enemigo. Reconozcamos que el Estado salió decididamente de la especulación defensiva a pelearle el terreno apropiado por las corporaciones.

Miren si no el proceso,  recuerden a De la Rua explicando ante cámaras “los diarios decían que había que poner a Cavallo”. Evidentemente las corporaciones (expresadas en la “independiente” opinión de los diarios), en plena etapa expansiva, elegían como campo de batalla el propio gabinete. La democracia tutelada ya no se desarrollaba bajo la atenta mirada de los militares, ahora a las fuerzas corporativas no les preocupaba que votemos a quien se nos cantara, bastaba con su capacidad de dirigir la política imponiendo en lugares claves a sus gerentes.

Por eso Néstor se ganó el mote de “autoritario”, tenía el tupé de contradecir la opinión del Ministro de Economía Roberto Lavagna, el nuevo niño mimado. Después de la Dictadura (y del intento fallido de los primeros años de Alfonsín), fue Néstor quien empezó a marcar la cancha del Estado, delimitando la defensa del interés común de los insidiosos y mezquinos, camuflados, intereses corporativos.  Y este gobierno siguió ganándose el derecho de cimentar esa fama cuando volaron "indispensables" como Prat Gay o Redrado, siempre en medio de un lacrimoso revuelo periodístico… Ni hablar cuando Guillermo Moreno se calzó las botas con punteras de acero para desalojar del INDEC a los personeros de las consultoras privadas.

Un día el campo de batalla se mudó. Ya la lucha no se planteó sólo en los estrechos límites de la Administración, entró en el terreno de las ex empresas del Estado, esos impulsores de la economía y del desarrollo en manos el ejército de ocupación  privatista, en territorios como los de Aerolíneas, de las AFJP y de YPF se festejó la entrada de las brigadas estatales.

Y “El Mercado”, esa entelequia colonizada por el pensamiento único neoliberal, también sufrió la embestida, el Estado reclamó su rol de jugador insoslayable, recuperó el concepto y el significado de “Economía Política” para disputar terreno a la “Economía” a secas librada a los sentimientos y humores del librecambismo ultramontano. Hasta el monetarismo supuestamente inocuo y neutral sufrió escaramuzas cuando el Banco Central entró en el campo de batalla con esa idea proactiva del manejo de las “Reservas Disponibles”. Los atrincherados en las cuevas especulativas, los ágiles comandos artífices de corridas bancarias y cambiarias, lloraron las pérdidas como la derrota en Viet Nam.

Quedaron a la defensiva, replegados en algunas colinas se hicieron fuertes, pero asumiendo el costo de quedar pornográficamente expuestos. Ya no se pueden mezclar entre “la gente” sin mostrar su inequívoco uniforme identificatorio. Ya no pueden ampararse bajo el disfraz de la independencia o la neutralidad: “voy a hacer todo lo posible para que esta gente no siga gobernando” fue la confesión espontánea que las circunstancias le arrancaron al vocero de la Quinta Columna, aislado entre histéricos caceroleos y pataleos furibundos de los traidores amarillistas egresados de los cursos de la AIFLD.

En un combate a campo abierto en que no están acostumbrados a pelear, hasta quienes estaban habituados a la oscura comodidad de la retaguardia, deben dejar ver sus lamentables figuras de Mr. Burns desnudo, aunque entonen el discurso de Federico II de Prusia. Al aparato judicial le estaba reservada la discreta tarea de ser el último resguardo de la impunidad del poder real. Acostumbrada a dictar prescripciones, o a salvar sobre la raya algún complicado empresario cuya evidente transgresión había logrado sortear el laberinto de las instancias exculpatorias (p.ej., Macri en el caso de contrabando de autos y evasión impositiva de Sevel), sufre la angustia de tener que mostrar sus trapitos y miserias al sol.

El festival de cautelares tuvo tal trascendencia y asiduidad, que, al menos por repetición, dejó en bancarrota ese patrimonio de imparcialidad del que gozaba. Como contrapartida, el lento fluir de los procesos, ese siempre justificable defecto que les permitía  escapar de tomar decisiones incómodas mientras el ritmo de las noticias tenía puesta sobre un magistrado la lupa de la sociedad, quedó destrozado como excusa con la celeridad con que resolvió el cuestionamiento a su privilegio inalienable de llenar vacantes con hijos, entenados, amantes y otros deudos.  

Si las reglas de juego permiten que, para preservar un privilegio, unos de los que lo detentan (abogados) puedan pedirle a otros de los que lo detentan (jueces) que ambos lo conserven, y estos decidir por sobre la Ley su mantenimiento en desmedro de un derecho que se pretender generalizar, es evidente que las reglas no están bien. Habrá que reencaminar entonces los esfuerzos para cambiar la inicua regla, o prepararse a llorar sobre los escombros de todo lo conseguido hasta el presente.

En mayo de 2011, Roberto Felletti decía a la Revista Debate: consideró que se debería avanzar en la consolidación del populismo porque "uno de sus principales problemas era que no era sustentable, ya que no podía apropiarse de factores de renta importantes, esto es lo que cambió. Un proceso de estas características necesariamente debería profundizarse”. Su opinión sobre la necesidad de profundización permanente estaba sustentada en el modo que se sorteó la crisis provocada por la derrota de 2009. No fue haciendo concesiones a los planteos de la derecha de volver a la normalidad neoliberal, sino por el contrario, ampliando derechos y radicalizando la interpelación al poder real se reconstituyó la adhesión popular y se logró el 54% del 2011.

Hoy, la reticencia a los cambios y la pretensión de gobernar desde los estrados judiciales, de dictar políticas de Estado y de someterse a “principios inalterables” más que  a las leyes transformadoras, expresadas por Lorenzetti (en octubre del año pasado en una arenga destinaba a alinear su tropa), y llevadas a la práctica en la dilación ilimitada de las cautelares y en la celeridad extraordinaria para impedir que el voto popular cuestione los privilegios corporativos, nos pone nuevamente de cara al desafío de la profundización del modelo, en todos los ámbitos, para lograr su sustentabilidad. No es posible permitirnos dejar resquicios interpretativos a la arbitrariedad corporativa, que permitan que un Poder del Estado invada obscenamente   las injerencias de los otros dos y desafiando la propia soberanía popular, sin riesgo de que la democracia se transforme en una caricatura deforme de la voluntad del pueblo, ahogando sus necesidades con formalismos tutelares.


No es imposible. Guillermo Moreno inició su “polémica” carrera recuperando espacios robados al Estado dentro del propio Estado, hoy se sienta a la ofensiva en las asambleas de Clarín y Papel Prensa. A pesar de la escaramuza perdida, la terquedad inquebrantable de  democratización, más temprano que tarde, llegará a la justicia y a la riqueza.