miércoles, 31 de julio de 2013

Restauremos los consensos esenciales, che.


Buena punta tira Sentis desde su facebook. Tal cual, según el relato conservador, llegaron los Kirchner y cagaron el ambiente bucólico y pastoril que caracterizó el desarrollo de la historia argentina, construida en base de diálogos y consensos inclusivos.


Buena punta, decía, para un rápido repaso de algunos momentos que jalonaron esa senda de construcción pacífica de la institucionalidad que nos legaron los mismos que ahora se preocupan por el nivel de confrontación escandaloso en que nos han sumergido estos apóstoles de la crispación.
A partir del consenso obtenido acallados los cañones de Caseros, en 1853, se sancionó la constitución. Una constitución que el dialoguista de Mitre, después de Pavón, quebrantara para apoderarse del Gobierno. Por supuesto que el consenso se expandió rápidamente por todo el país, aunque en el empeño se viera obligado el fundador de “La Nación” a derrocar unos cuantos gobernadores, cumpliendo el mandato de constituir la unión nacional y consolidar la paz interior. Es que a los bárbaros sólo con sangre la letra entraba, siendo menester que no se ahorrara la misma en holocausto a la cimiente civilizatoria sarmientina. En la punta de una larga pica plantada en Olta, pudo la cabeza del Chacho Peñaloza contemplar los beneficios de la nueva república y la institucionalidad, mientras que Felipe Varela agonizaba su ostracismo en Chile.
El diálogo y el consenso propiciado por los padres de nuestra amada institucionalidad, se permitió trascender fronteras apuntalando el golpismo colorado en el Uruguay, y asegurando la libertad de los pocos hermanos paraguayos que sobrevivieron a la Triple Alianza, hasta entonces agobiados por años de cruel dictadura.
El logro de la ansiada paz y unidad definitiva,  debemos agradecerla a los esfuerzos de Sarmiento, quien terminó con las divisiones intestinas interviniendo militarmente los gobiernos de Córdoba, Corrientes y Entre Ríos.
Avellaneda también hizo su aporte a la concordia nacional, con el ejército comandado por Roca, aplastó definitivamente los alzamientos autonomistas alsinistas y amplió las fronteras al sur, sumando tierras a la civilización impulsada desde la Sociedad Rural y permitiendo que viudas y huérfanos de salvajes levantiscos lograran acercarse a la modernidad sirviendo en casas de gente bien. La pérdida de territorios, los muertos y la esclavitud fue el precio vil que debieron pagar por su integración a la promisoria nación.
El diálogo y el consenso también fueron protegidos durante la presidencia roquista con la Ley de Residencia, que impidió que proletarios europeos con espíritu de confrontación, animado por ideas foráneas y socializantes, mellaran las armoniosas relaciones sociales y pusieran en riesgo nuestro destino manifiesto de transformarnos en la más preciada joya de la corona británica.
El unicato fue superado por la vigencia de la Ley Saenz Peña, tampoco los Radicales beneficiados se privaron de ratificar su voluntad de diálogo y la búsqueda de consensos. La intervención federal de Buenos Aires, Corrientes,  Mendoza (3 veces), Córdoba, Jujuy (2 veces), Tucumán (2 veces),  La Rioja, Catamarca, Salta (2 veces),  San Luis, Santiago del Estero,  San Juan (2 veces) Tucumán y Salta, la semana trágica y las huelgas patagónicas son un claro ejemplo de que la voluntad transformadora tiene un tiempo y un ritmo que no puede ser acelerado por voluntades facciosas que quebranten unilateralmente la paz y la armonía indispensables para el desarrollo y el crecimiento.
En 1930, a pesar de los esfuerzos conciliacionistas de Yrigoyen, tuvo el Ejército argentino que hacer también su aporte esclarecedor y restaurador del gentil panorama. Heroica intromisión que fructificó gracias a la comprensión de una Suprema Corte inspirada en los sanos e inalterables valores de una República que nunca debieron ser amenazados por las controversias introducidas por una abusiva democracia.
La decadencia fue conjurada durante más de una década por caballeros que aceptaron cargar con el oprobioso compromiso de gobernar una nación, aunque para bienestar del pueblo debieran recurrir al fraude, proscribiéndolo de la decisión para preservar la calidad de las instituciones. Nuevamente el consenso se imponía de la mano de conservadores y demócratas, liberales y socialistas de la vieja escuela, aquellos que se atrevieron a conjurar el anarco sindicalismo reprobando sistemáticamente huelgas obreras y adjurar de la desviación marxista, porque comprendieron su carácter disociador y conspirativo.
Los negros años de Tiranía que sucedieron a este período de paz y armonía, fueron superados otras merced a la valentía de unas fuerzas armadas siempre dispuestas a sacrificarse por la grandeza de la patria. Sobre el bombardeo a la Plaza de Mayo, los fusilamientos de José León Suarez, la intervención de los sindicatos, la disolución del partido peronista, la proscripción de una mayoría silenciada, se reconstruyó la Argentina del diálogo y del consenso. A veces es bueno olvidar los malos momentos que confunden, y para ello se sancionó el Decreto 4161, y a para aquellos que se empeñan en recordar y pretenden retornar, corresponde asegurarse que no puedan abrir la puerta. Juan José Valle fue uno de los 27 que el 12 de junio de 1956 pagaron cara su temeridad de negarse a plegarse al nuevo diseño armónico, continuando una larga tradición de excreción de elementos írritos que pongan en riesgo la paz y la armonía del cuerpo de la patria.
Ustedes no podrán creer, ni valorar jamás lo suficiente, los esfuerzos y sacrificios que las fuerzas vivas de esta bendita patria debieron llevar a cabo desde entonces, en pos del mantenimiento del ejercicio del diálogo y del logro de consensos esenciales. Ni bastones largos, ni gases lacrimógenos, ni picanas, ni balas, ni censura, ni quema de libros se mezquinaron en pos del mandato sarmientino de “no ahorrar sangre de gauchos” si ello resulta necesario para abonar el bienestar de la población o, incluso, si el pueblo no entiende las maravillosas enseñanzas con que el hambre, la exclusión, la indigencia, la desocupación preñan nuestra experiencia de vida y templan nuestro espíritu. 30.000 vidas descarriadas es un costo ínfimo y su desaparición es una menudencia que no alcanza a ensombrecer el venturoso camino diseñado sobre la base de los consensos.
Pero los profetas del odio y la crispación nunca bajan la guardia. Afortunadamente los arrestos disociadores de Alfonsín fueron rápidamente diluidos por las antas corporaciones que hicieron tronar el escarmiento del mercado, y cualquier entuerto fue conjurado en los noventa por las hábiles manos que aplicaran la cirugía sin anestesia a un cuerpo social enfermo. Los enemigos del diálogo y del consenso fueron rápidamente expulsados de las rutas de la patria, de las casas, de los campos y de los trabajos; y se recompusieron los lazos de unidad y concordia con sabios y reparadores indultos y amnistías. Desde el desalojo del puente Corrientes-Resistencia hasta el día que la crisis causara dos nuevas muertes, no se hizo más que ratificar, con firmeza y sin distinciones partidarias, que el consenso no admite cuestionamientos facciosos.
¿De qué valen sino el esfuerzo y el empeño puestos a disposición del pueblo por prestigiosas universidades privadas, nacionales y extranjeros, en formar preclaras mentes capaces de administrar con eficacia nuestros recursos nacionales? ¿de qué vale que paran incansablemente generación tras otra de Alsogarays, Martinez de Hoces, Cavallos, Lopez Murphys, Sturzeneggers, Prat Gays, Redrados si no somos capaces de abrir nuestras mentes y aportar nuestras voluntades para caminar la senda de amor y oportunidades para todos que nos señalan?

Afortunadamente, esta campaña electoral es pletórica en propositivas soluciones, expresando ánimos inquebrantables de reconstruir una armonía quebrantada. Escuchemos a quienes están hartos del disenso destructor, “Todo Vuelve” proclaman, unir a las dos partes disociadas, prometen. Lucharán sin desfallecer, los nuevos y viejos adalides, por restaurar el diálogo y el consenso para un justo y promisorio futuro que devuelva a cada uno lo que es suyo: el derecho a la explotación para los poderosos, y el manso respeto al deber de ser explotados para el resto. Así está escrito.


3 comentarios:

Iris van Kirsten dijo...

La vieja fábula de la granja: el dueño decide que animales cocinar y ellos ,en que salsa. Consenso puro.

Ricardo dijo...

Genial, el post.
El único consenso de los consensuadores es que el consenso no se toca.
Y buenísima también la comparación de Iris.

Daniel dijo...

Grandísimo post.